Fundación Fernando Quiñones

Cinco Historias del Vino

Eds. del Caballo y la Mar, Madrid | 1960  | textos  | críticas

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Preámbulo de José María Pemán ("Carta al fabulador", págs. 9-13). 83 págs. 17 x 24,7 cm. Dedicatoria "A los amigos impecables. A mis muy queridos y fraternos Vicente Fernández de Bobadilla y José Manuel Caballero Bonald van en memoria de los años caídos y sin color de alabanza ni futuro estas historias más que nuestras". (CHDV, 1960). Primer Premio de Prosa en las XII Fiestas de la Vendimia de Jerez, 1958. Contiene cinco relatos: "Muerte de un semidiós", "La botella", "Siempre tuvimos razón", "Las comarcas del vino" y "La vendimia". Sigue "A manera de epílogo" (reproducción del artículo autocrítico de F.Q. publicado en Ayer (Jerez de la Fra.), el 15 de septiembre de 1959), antecedido de breve"Nota del editor" (págs. 71-79), e "Índice" (págs.81-83).

Fragmentos de la obra

Muerte de un Semidios

De Matías Uvero, el hombre de Jerez que murió inexplicablemente va a hacer hoy veintinueve años, no puede decirse que bebiera.

—Allí: de ésa.

Desclavaba despacio los ojos del suelo, miraba un instante a la bota sin señalarla, con aquella acuosa mirada sin fondo, y El Tili, Jeromo o Marianito ya entendía cuál era de entre tantas. En seguida, Matías se llevaba a los labios la copa recién llegada. Pero no estaba propiamente bebiendo, sino reponiendo o trasegando: incorporándose —algo de lo que era ya su misma sustancia—. El vino se integraba al momento, se repartía por todo su gran cuerpo blando, que era como una cuba especial y viviente entre las de la bodega, barril con piel en lugar de duelas y carne en vez de madera de roble. Volumen, quietud, contenido y emanación de Matías, se identificaban con los de los toneles que, durante su vida entera, habían compuesto su paisaje laboral.

Emperador del panzudo, inmóvil ejército de las botas, Gran Lama en el espirituoso Tíbet del vino y los licores, la materia y el ser del viejo conocedor hacía tiempo ya que no pertenecían de lleno al mundo de los hombres: ochenta años de bodega y más de cien kilos o litros en una estatura no muy alta, pueden mucho. Demasiado. Sin duda, la añeja afirmación de que el oficio destiñe sobre la persona que lo ejecuta, se había quedado corta para Matías, que no le parecía ya a muchos un personaje de las bodegas, sino como un fragmento material de ellas.

La panza henchida, bajo la eterna pana negra, era la de una de las cubetas de trasiego; los contados movimientos del hombre en su salón, parecían marcar el lentísimo pulso del tiempo que se espesa bajo las naves y telarañas bodegueras; el reflejo de los ojos, glaucos y opacos de cataratas, guardaba un algo de las masas líquidas ambarinas que apenas se entrevén por los agujeros de los toneles y, a veces, lo avivaba fugazmente un claror también quieto tal el de los rayos solares que catedralizan aquellos recintos. Por fin, el olor del alcohol, recóndito y ostentoso al tiempo como un nocturno de Chopin, le circundaba donde estuviese y, desde muy cerca, casi podía distinguirse que era algo más y algo menos que sangre lo que traslucían las rojas venillas superficiales de su cara, que detrás de aquellos semisólidos tejidos cutáneos, de aquellos agolpamientos carmesíes en cuello y mejillas, residían, como clasificadas por añadas y calidades, las ganaderías bravas del alcohol.

Era Matías, en suma, como una síntesis corporal de las bodegas, y esa intuida certidumbre le acrecentaba, generación tras generación, el afecto de los amos.

—Es mucho Matías, ¿no? Ahí siempre.
—El eterno.

Era tenido por bastante más de lo que se dice «una institución». Significaba para todos el hombre-vino, imprescindible a la hora de las grandes campañas publicitarias y de los visitantes ilustres: la gracia y la poesía del negocio, y claro que también el negocio mismo.

Cuantos eran dueños de cierta sensibilidad perceptiva, y lo veían por primera vez, solían experimentar ante Matías, el tótem, un choque de sorpresa, respeto y misterioso miedo de fondo. Les parecía, recordándolo luego con su gorra de paño, el canoso abuelo de una criatura viva, múltiple y extraña, el vino del Sur, un cuidador de antiguos secretos sin respuesta, cuyo poder había terminado por devastarlo, aunque conservándolo. Sonaba a cosa antigua el eco ronco de su voz, pero el hombre hablaba muy poco, y casi nunca a los extraños. Jeromo el venenciador escanciaba las copas para las visitas ante su sedente majestad, que a veces se tomaba la primera como abriéndoles magnamente las puertas del beber.

Un curtido, lustroso butacón de pino y eneas, con enorme cojín de impreciso color en su asiento, la breve corte de ayudantes o acólitos más jóvenes del vino, un sitio a la vista de todas las naves y al olor de todas las soleras y los mostos, sumaban, con el de los ratones, el mundo de Matías. Hombre sin familia, la de los ratones era la suya. Llegaban en pelivarias bandas y a diario —dos, seis, diez— a recibir su pan envinado y levantarse sobre los cuartos traseros, con las pedigüeñas manitas en suspenso, para ver si Matías y sus sopones continuaban todavía allí.

Él los conocía a todos.

«Ya hace tres días que no veo a aquel entrepelado gordito», pensaba.

O:

—El cojillo parece que está hoy a mal con la negra.

Cuando llegaban las visitas, los «turistas», Matías no volvía la cabeza hacia el grupo, sino hacia el otro lado: se preparaba ya, con una mudez faraónica, la asistencia de su gente. Cualquier curiosón más decidido, algún simpático de los que hacen oficio de su simpatía, o un simple ignorante, le perturbaban alguna vez la callazón de su ritual, y Matías, sin olvidarse de responderle, parecía no hacerlo.

—¿Y lleva usted mucho tiempo trabajando aquí?
—Sesenta y cinco.
—Vendrá mucha gente a ver las bodegas, ¿no?
—Vienen.

Con las primeras luces dejaba Matías su cama, grande y crujiente como una carreta; treinta pasos más allá de las de su casa, estaban las puertas de la bodega.

Sobre el empedrado de la calle, grueso y lentísimo, abatida aquella cabeza de parcheadas arcillas húmedas, parecía entonces, a la abierta luz de la mañana, un ser de otro mundo. Durante el corto recorrido ni percibía ya, desde hacía años, el rumoreo de los viejitos de abril por los árboles de la Alameda Vieja, o las lloviznillas de noviembre empizarrando el cielo y la blanca tapia de la calle de Los Escuderos. Sólo le interesaba alcanzar su bodega, trasponer sus puertas con los amargos pies, cada paso un dolor, y caer en el trono de su reino.

A la luz del día, también las bodegas eran otras. Recién dejado su vivir nocturno, sólo quedaban ya restos de él en las sombras altas de las columnas, en las bóvedas casi indistinguibles y acribilladas de diminutos trazos negros: las deyecciones de los murciélagos que, a la noche, convertían la clara catedral del vino en un tibio pandemónium de alas tenues y roces furtivos, de monstruosos hociquillos, vagos chillidos espaciados, leves choques aéreos. Pero la claridad lo cambiaba y serenaba todo. Entre la filtrada luz mañanera, entraban los hombres al trabajo; los ratones aparecían más tarde.

Cuando había habido toros, Mariano el de Grazalema le contaba a Matías la corrida. Nadie sino Mariano podía detentar aquel privilegio ni hacerlo más adecuada y escuetamente, mientras los no iniciados miraban de soslayo, no sin asombro, cómo podía alguien conversar un rato con el silencioso semidiós del vino. Es decir, no «conversar con», sino «hablarle a». Porque Matías no hablaba; se valía de un breve «¿qué?» en los ojos hasta obtener la ampliación de cualquier pormenor.

—El ganado, regular —le decía Mariano a media y rápida voz—. Un cuarto toro divino, y fuera. Los dos primeros, mansos para quemarlos.

Y Matías lo miraba al sesgo.

—Sí: de presencia y cornamenta bien —completaba Mariano entonces—. El último, un poquito más chico. Pero con ése estuvo bien el mejicano, Juanito Luis, el paisano, nada. Un chalao. Y el de Sevilla, un sinvergüenza. Como siempre.

Matías, las manos de hogaza sobre la barriga planetaria, oía y callaba. En realidad, le importaba bien poco toda aquella crónica. Pero tampoco hubiera podido prescindir de las informaciones taurinas de Mariano, porque llevaba largo tiempo oyéndolas, y también porque le satisfacía el solapado, eterno dejo de desencanto con que las adobaba el narrador. Se avenía ese tonillo acre al arrumbado desplome de su vida, la de un viejo clavado a un butacón de pino. Entre aquellos relatos de Mariano, la memoria del conocedor volaba muchas mañanas al casi extraviado recuerdo de la última corrida que vio, no sabía ya cuándo, y en la que José Gómez «Gallito», dominando la arena entera, cubriendo el ruedo todo con tranquila majeza, mató seis toros del Duque de Veragua. Aunque, a buen seguro, nunca asistieron a Matías tres de las cuatro aficiones que eran dueñas de todo su círculo jerezano de parientes, amistades y compañeros: toros, gallos y arte flamenco. Que no.

—El vino, en cambio, puede en ti por todo lo demás junto —le dijo una noche su mujer.
—Porque eso es cosa del oficio, ¿sabes? —le contestó Matías al rato.

Y, como lo era, nunca volvió a hablarse del asunto.

A la mujer la había perdido Matías pronto; el hijo, casado en Córdoba, y casada también una nieta única, la Meluchi, los dos le habían ido quedando, con los años, lejos de alma. Nunca le cayó a genio el desparpajo del «niño», su manera de hablar y de moverse por una habitación y por la vida. Recordaba Matías a la nieta como guapa y simpática, pero no la había visto más que dos veces, cuando ella tuvo siete y luego quince años. Aquella última mañana que la vio no se sentía Matías muy bien, andaba con las carnes disgustadas, aunque fue allá por los tiempos en que todavía no se había entregado del todo al silencio sonoro de las bodegas, y, rendido a ellas como ya lo estaba, luchaba todavía por no estarlo. Aún no había empezado Matías a ver las luces, los repentinos centelleos y fogonazos de colores que ante los ojos enciende y apaga el vino, acumulado en la sangre con toda su carga; aún no se le aparecían las repetidas bestias, como de cristal viscoso, que le poblaban el sueño, ni, despierto y quieto en su sillón, creía estar enterrado al pie de un bienteveo de las viñas, con hojas y pámpanas brotándole de la nariz y de los brazos, vivo y muerto al tiempo, entre sepultado y al aire, hormigas y larvas bulléndole por las coyunturas de los huesos.

Por lo demás, nadie llegó entonces, ni luego, a explicarse con toda claridad las circunstancias de su final. Y al no haber cuerpo en aquel final, al no contarse con muerto, tampoco pudieron practicarse indagaciones bien satisfactorias.

Dos químicos locales brindaron una tortuosa explicación combustiva del caso, que fue oída con incredulidad pese a sus puntos de razón. El diario local insertó una chapucera explicación en la que, con increíbles tosquedad y desacierto, se hablaba de que el viejo conocedor «pereció en accidente, víctima de un incendio causado al parecer por la inflamación de una garrafa de alcohol»: garrafa cuya presencia negaron todos los testigos.

Sólo un poeta de Jerez, gran bebedor por más señas, puso a prueba sus acostumbradas y desmayadas retóricas para ofrecer, en doscientos seis endecasílabos blancos, una versión mágico-lírica de aquella muerte indescifrable. Paradójicamente y no obstante sus pesadeces y lagunas, este trabajo poético, que conserva el doctor Badanelli, parece el texto más razonablemente próximo a la realidad de los hechos, o a una descripción detallada de ellos; y, por otra parte, frente a un suceso como aquél, quizá no haya más remedio que dejar a un lado las pesas de la lógica y aprovechar los éteres de la poesía.

Esa serie de versos, agrupados bajo el no mal título de El arrebatado e inducidos en muchos pasajes por reconocibles maneras de Alberti, García Lorca y Neruda, no conseguiría al año siguiente la Flor Natural, ni siquiera el accésit de los juegos florales de Jerez, cuyo susceptible jurado prefirió eludir, según palabras de su presidente contra dos votos positivos, «un asunto de nuestros vinos y bien escrito, sí, pero delicado y yo diría que desagradable».

El poema repudiado empieza por situar en clima el suceso y por aplicar de entrada, con imprudencia, el ingrato adjetivo «funeral» a las viñas, cuya obligación, se sabe, es siempre la de mostrarse rientes, solares, pródigas, rumorosas o serenas, sobre todo en un canto convertible en cien mil pesetas y destinado a ensalzar su producción. Pero El arrebatado comenzaba así:

El funeral cortejo de las vides
se hizo por fin de ti, que ya eras suyo,
hijo silente del ardor, la tarde
en que te arrebataron sus reclamos.

Fue una tarde de ésas —julio, agosto— en que corroe el sol las tejas calcinadas, enceguece tapias y caseríos de la ciudad casi desierta, no consiente la siesta, resquebraja nidos, reseca torres y arroja, sobre el frescor último de las losas del suelo, a agotados racimos de hombres y de mujeres.

El Tili, peón de las bodegas y cabo de los servicios matinales que oficiaba el viejo tótem ante las visitas, debía comprobar el estado de una partida de azufre recién llegada al patio grande, y pasó junto a Matías con un sopletillo, desnuda la llama e invisible contra el resol de fuera.

Ante el semidiós, en el suelo terrizo, aparecía una peseta caída, y El Tili se inclinó a recogerla. La llama fue a rozar una mano de Matías; incorporándose, el obrero la retiró en el acto y se tocó la visera de la gorra con un turbado usted dispense.

Ya no vio a nadie.

Acababa de extinguirse el eco de un crepitar silbante y ominoso, instantáneo, y se estaba disipando a toda prisa el de un vivo olor a cosa quemada. Pero Matías no estaba. Sobre el butacón de pino y eneas, desplomados bajo el cojín ancestral, aparecían algunos chamuscados fragmentos de su ropa, no mayores que una servilleta de café, Y más abajo, oscureando entre esas deshechas panas menestrales, se veía alguna uña, botones, manchas y señas de quien no iría ya más a la bodega, del Matías volatilizado, como alcohol que era, por el breve roce de una llama, del hombre consumido en un fuego de fuegos, ido, desaparecido igual que una esponja empapada en gasolina y que alguien echa al incendio de un almacén de paja.

Críticas a la obra

Cinco historias del vino

Antonio Valencia | Arriba, Madrid | 15/sep/1960

Los libros del mes

José Luis Cano | Ínsula | 01/oct/1960

Esencia literaria del vino de Jerez

Rafael Vázquez Zamora | Diario de España, Tánger | 09/oct/1960

Cinco historias del vino

Rafael Vázquez Zamora | Pueblo, Madrid | 17/oct/1960

Al margen de los libros

Federico Carlos Sáinz de Robles | Diario de Madrid | 07/dic/1960

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